unas pésimas certezas, jugaban su papel de perfectas coartadas
se le miró mejor la segunda vez, ya con la sien empapada de culpa, ya con los pies mucho más cerca del fuego, concientemente experto en sucesos tenebrosos.
El nuez no era lo que uno llamaría una promesa de fruto, nadie jamás dio un centavo por su proceso de maduración, de modo que ciertamente lo alentaron a robustecerse a medias, a duras penas. A duras penas formóse su carácter, a pasos falsos se encaminó su tiempo. Claro está que no amerita mayor congruencia, hablar de su cascarón, hablar de su martillo.
Uno a uno fueron cayendo los nueces a su alrededor, por puro favor. Dicho el hecho, los demás no conjugaron con sus grietas, ni su pésimo engranaje con las raíces de su árbol. Uno que no pertenece al mundo de los frutos secos, podría pensarse como uno de ellos, mas de ninguna manera podrían soportar el nivel de perturbación que provoca una grieta mal puesta, una raíz fuera de lugar, un triste intento de fruto seco, diseccionado.
La naturaleza aledaña no pudo aguantar las ganas de abastecerse de su cuerpo mal hecho, de su espíritu trunco. Fielmente, todos le recordaron cuan distinto se veía por fuera, y cuan vacío e incomparable formado estaba por dentro. Todos no hacían sino alimentarse del espectáculo ofrecido por el nuez. Duro de roer, pero cristal frágil de ver, el nuez había quedado a la espera de un juicio que demoraba en aprontarse, no tardaría en acabar su proceso icónico bien vigilado, no tardaría en divisar el peso de su terca somnolencia.
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