martes, 22 de marzo de 2011

Esta noche ha sido particularmente larga no sabría decir por qué, ni aún sé bien qué me pasó. Nunca vi entero El fantasma de la ópera, pero algo me hace creer que algo de romance trae, y lo mio por ahí va.

Mi pieza, con sus cosas de pieza, la guitarra y las caras pasadas, es testigo de una sensacional experiencia que estoy experimentando. Es un romance fantasmal, y no logro ver en esto lo real y lo imaginario, como suele sucederse por los adentros de mi inacabada cabeza.

Que una fuerza invisible ejerza presión sobre mi cama, podría ser visto como una dosis exagerada de antídotos durante el fin de semana. Pero ni eso. Que nuevamente, una fuerza de extraña procedencia me venga a quitar el sueño de golpe, sin aviso y ¡con melodía! Huele raro. Porque así fue, el fantasma desplegó unos dotes de toca discos que me dejaron transparente.

Me pregunto si mi fantasma, conociendo mi pieza, sea capaz, o más precisamente, tenga la capacidad de hablarme. Me interrogo si podré responder. Aseguro que lo necesito resolver.




Recuerdo haber mencionado al pájaro cantor. Recuerdo mi intención de zurcirle las alas. Vagamente recuerdo el origen de la ilusión.

Los encuentros. Yo los sigo teniendo, inagotablemente, dada la raíz de mis entrañas: pura pasión por lo mágico, y como cada nueva ruta me resulta fascinante, encontrando, las ansias se me apaciguan seda. Un nuevo viaje, la ruta del tesoro, y muchos cuentos de niñez; las fábulas sin castillos, las historias roídas de vejez y papel roñoso. Claramente he ido encontrando sin buscar. Qué fastidio las teorías, y los planes, qué fastidio los resultados cuando marcan el convencional número ferpecto, y sobreterno, qué fastidio manipularse.



Y disfruto

Poder estar a solas en mi pieza, aún estando acompañada.
sería poco recomendable hacer caso omiso de las señales extradimensionales que recibo
no quisiera enemistarme con lo que sea me venga persiguiendo.

También mi cigarro aprisionado por las venas
que estréchense a la altura de estas extensiones de mis hombros
mis hombros no soportarían el peso de la culpa, o del amor,
de no ser por los tabacos fumigados.

Fielmente,
una uva si pepas, o un vaso de chicha
los ojos de alguien
mis zapatos cansados
los oídos atestados de ondas ilusorias
pero más disfruto lo que no veo, y lo que aún no está, todo lo que me vuelva inmortal.

viernes, 4 de marzo de 2011

Hubo en tal momento una aversión. Tuve que detenerme para examinarla. No pude, y en cambio, comenzó a examinarme ella a mí.

Volteamos papeles y quedé al descubierto, vulnerable a su ojo escéptico de malos tratados, si no hubiere sido como lo calco dejaría que me carcomiese por el resto de los intestinos y aversiones. Es una historia poco recomendable, pero la tiro aquí por la suma importancia de no acabar ahogada por los propios intestinos. Si yo supiera en lo que habría de terminar estas líneas, de seguro no me estaría aventurando, por eso deletreo, porque son justo estas letras desconocidas las que me ahorran susurrar y evocan gritos de delirio.

Propongámoslo así: hormiga y palote. Hormiga entrega esfuerzos en pos de controlar su supervivencia y sale en busca de provisiones. Palote se ubica en su horizonte y le promete ser sostén del camino, promete surtir a la hormiga de apoyo para llegar sana y salva al terreno que tiene su tesoro. Desafortunadamente se trata de una hormiga inexperta, que confunde al palote con otra parte de su camino, simple colorido del lugar. Sorprendida se haya cuando cae en cuenta de la ayuda del palote, sorprendida, cauta y agradecida de la presencia de este ramaje que vive.

La hormiga tiene la responsabilidad de proveer con abrigo y alimento a sus convivientes, no puede desvariar, mucho menos abortar la misión. La gran cuestión será la intención que ambos personajes no comparten: una hormiga desea seguir encontrando palotes en el camino, un palote no está dispuesto a descubrir su identidad de ramaje oculto, el palote espera otras cosas de sus días, y aún no sabe cuáles son tales. Pero las hormigas, y ésta en particular, poseen una fuerza extraterrestre, tiene en cuenta sus intenciones, los objetivos y los llevará a cabo con o sin palotes. No era soberbia, era la cubierta de inconmensurable ilusión. Y tras la ilusión fue que apareció la soberbia, más que nada, miedo. Si las hormigas meditaran más en vez de tanto trabajar, podrían llegar a saber por qué temen. ¡Cuánta subestimación en mi labor!¿Qué tal si las hormigas pudiesen pensar y trabajar perfectamente ambas cosas hacerlas al unísono? Haciendo el papel de hormiga, sería yo una de no muy buen desempeño, llegaría un hormigicida; como palote, feliz.