sábado, 16 de julio de 2011

Me di cuenta denuevo y espero no haber tardado
Porque anduve
qué digo, estuve olvidando andar, se me estaban olvidando las cosas y no me dejaba yo misma andar. No lo dijo de antoja', lo estoy desmenuzando porque espero que sirva de algo tener tan dolorida la frente izquierda.

Suerte que no es echaron balde. Porque me dejaron mirarme allá por arriba, arribita de los cerros me encaramé a alejarme, y como nos mojaron, fue un frío íntimo, de ese frío más intruso el que me despertó los pies y me dijo que estaba despierta. Mis términos de piernas me avisaron que la nieve que pisaba me la estaba yo soñando.

Y era que no, si digo que andaba lejos de mis pies u que cuando vine a dejar de olvidar, cuando vine a acordarme de lo único a mis sentidos, sensible a, fue que me encontré los pies.

O me voy a tener que protestar a mí, encontrar una cadena o cadenita que me ate o al follaje o al mar, la cosa es igual. Importa nuevo. Nunca un alado se conformó con tal o cual paraje, nunca en mi lado me acostumbré a nada y qué bueno que no sean necesarias cadenitas, otrora útiles, para tener que.

que yo no pisaría la nieve y ella me recibiría.

domingo, 10 de julio de 2011

Cuando llegue a sentir presión, probablemente tenga que agradecer tanto hacia atrás, que me va a pillar un reloj detenido.

Así que compuse primero mi reloj de muñeca, estaba a la vista molestándome día y noche; mi mujer perdía el control si me quitaba yo el reloj o la argolla.

Así que la mañana siguiente fui al centro comercial, donde en medio de pubertitos pálidos, grasoso y mal peinados, encontré un excelente tatuador a módico precio. El hombre cobró sus diez lucas más un te quiero, y como se trataba de un desconocido, nada me costó abrir ese corazón mío de segundos que lo quería. Me estaba tatuando la argolla, pero mi hijo no estaba en sus clases de oratoria, mi hijo a esas alturas estaba hurgueteando un cajón de armas en el mismo piso en que me tatué una mentira.

Tuve que seguir a mi hijo (con media argolla y menos un te quiero). Mi hijo sintió la presencia de alguien, su paso no estaba solo y tramitaba en su joven mente alguna estrategia para huir a salvo y sin culpas. Mi hijo se sintió presionado, el pobre tenía que agradecer hacia atrás y mi reloj estaba detenido, la bala queda en medio hasta que tenga el valor de no culpar a mi mujer, dejar de presionar a mi hijo y termine un tatuaje. Tenemos tiempo de sobra en el centro comercial, un tatuador y yo, tenemos que querernos más.
A: ¿Por qué un animal como el unicornio les sirve tanto?
H: Puedo intentar uno mejor
M: Pero si ese no lo inventaron, ese unicaballo es de verdad. De a de veritas la criatura algún día existió.
H: Pero de qué te sirve que 'haya existido', que 'haya sido' si al fin de cuentas no lo puedes probar, y es más, se te pueden acercar diez personas como yo cada día a decirte que tu criaturita ya fue, que te ofrecen una nueva, o siquiera eso. Me sorprende que siendo tú tan conocedora seas capaz de caer en semejante nivel de ignorancia.
A: Podrían oler mejor, estoy defecando aquí y no le basta. Voy a probar con el sonido y les voy a comunicar mi presencia física, aparte de ser contenido de su ceguera honda.
Relincha, miran al animal.
H: ¡Qué pretenciosa eres!
M: Yo no hice nada. No pretendo nada tampoco, tu nivel de fantasía es exuberante. Además yo me los imaginaba más tacuacos y bonitos.
H: Qué pretenciosa eres. Y no quiere decir nada malo, pero este montaje, mujer, es de pésimo gusto.
La mujer relincha, el hombre corre a comer azúcar flor y el animal se sienta a ver un debate asiático en televisión.
Y para ser honesto, no le gustó enfermarse ya. Aquellos resfríos pasados en que alguien tenía la paciencia de cuidar de otro cuerpo que no fuese el propio, esos postramientos que se volvían vacaciones pasivas porque la pasaba bien, porque algunos le visitaban arriesgándose, otros que vivían con él y difícilmente podrían safarse de sus alegatos de sufrimiento agónico, finalmente acababan por ceder a los malestares delirantes.

Una ocasión (debió tener no más de diez años), recibió la atenta visita de una abuela para cuidarle. Pero no tuvo mucha suerte y por 'dolerle la guatita' terminó llorando asco por tener en frente una de las exquisiteces de menú para enfermos de su abuela, arroz blanco con mermelada.

Cuando tuvo mejores coartadas, más bacterias en el cuerpo, más experiencia y menos defensas, siguió necesitando compañía o, al menos, auxilio de terceros para safar de sus esporádicas enfermedades no mentales, Y ante la impotencia de tener que recibir tal ayuda, pasaba sus pestes delirando. Pasaba sus pestes delirando. Es que ya había descubierto la fiebre como amiga y propulsora de su nave.


No le gustó enfermarse, se sentía abandonado. Aunque hace años ya había dejado de admirar a G. Samsa, ahora sólo tenía recuerdos y cariño para él, volvió a sentirse así como tachuela negrusca sin movilidad, sin más achuelas a kilómetros.

Tuvo una seria sensación de amor por aquella última persona que hubo cuidado de él. No supo diferenciar ruidos nocturnos esa noche, no iba a poder equilibrar tampoco ese amor contra el horror de sentirse tan humano y menos insecto.

sábado, 9 de julio de 2011

Yo descubrí dónde surgen las estrellas. Lo voy a explicar.

Pasa que un rayo de sol choca con su objetivo, o el objetivo atrae al rayo, o ambas, pero un trayecto. El trayecto tiene escondida toda la luz que con un grito detona el nacimiento de una estrella. Eso que brilla de lejos es pasión viva, y eterno de espacio en espacio.

Paralelo, está mi fantasía. Que no vendría siendo tal, considerando que cualquier situación medio problemática, con o sin drama, siendo en la atmósfera de los seres humanos es finalmente más creada que mis dibujos.