Alberto nunca quiso referirse a mí, ni yo a él. Nuestras conversaciones con terceros siempre fueron del tipo banal, lo que cerca y solos nos obligaba a seguir fingiendo terceros. Pero ese tercero siempre fue primero para mí. Hubo una ventana imaginaria entre terceros y A., luego la mesa arrinconada, y más abismantes, nosotros sentados en una ventana real pero con vista hacia los techos, ahí nos hicimos muy amigos maloliendo el vecindario vestido a esas horas de atardecer. A. tuvo sus hijos y me hizo muy feliz.
Puta, había olvidado la puerta del baño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario