domingo, 10 de julio de 2011

Cuando llegue a sentir presión, probablemente tenga que agradecer tanto hacia atrás, que me va a pillar un reloj detenido.

Así que compuse primero mi reloj de muñeca, estaba a la vista molestándome día y noche; mi mujer perdía el control si me quitaba yo el reloj o la argolla.

Así que la mañana siguiente fui al centro comercial, donde en medio de pubertitos pálidos, grasoso y mal peinados, encontré un excelente tatuador a módico precio. El hombre cobró sus diez lucas más un te quiero, y como se trataba de un desconocido, nada me costó abrir ese corazón mío de segundos que lo quería. Me estaba tatuando la argolla, pero mi hijo no estaba en sus clases de oratoria, mi hijo a esas alturas estaba hurgueteando un cajón de armas en el mismo piso en que me tatué una mentira.

Tuve que seguir a mi hijo (con media argolla y menos un te quiero). Mi hijo sintió la presencia de alguien, su paso no estaba solo y tramitaba en su joven mente alguna estrategia para huir a salvo y sin culpas. Mi hijo se sintió presionado, el pobre tenía que agradecer hacia atrás y mi reloj estaba detenido, la bala queda en medio hasta que tenga el valor de no culpar a mi mujer, dejar de presionar a mi hijo y termine un tatuaje. Tenemos tiempo de sobra en el centro comercial, un tatuador y yo, tenemos que querernos más.

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