Y para ser honesto, no le gustó enfermarse ya. Aquellos resfríos pasados en que alguien tenía la paciencia de cuidar de otro cuerpo que no fuese el propio, esos postramientos que se volvían vacaciones pasivas porque la pasaba bien, porque algunos le visitaban arriesgándose, otros que vivían con él y difícilmente podrían safarse de sus alegatos de sufrimiento agónico, finalmente acababan por ceder a los malestares delirantes.
Una ocasión (debió tener no más de diez años), recibió la atenta visita de una abuela para cuidarle. Pero no tuvo mucha suerte y por 'dolerle la guatita' terminó llorando asco por tener en frente una de las exquisiteces de menú para enfermos de su abuela, arroz blanco con mermelada.
Cuando tuvo mejores coartadas, más bacterias en el cuerpo, más experiencia y menos defensas, siguió necesitando compañía o, al menos, auxilio de terceros para safar de sus esporádicas enfermedades no mentales, Y ante la impotencia de tener que recibir tal ayuda, pasaba sus pestes delirando. Pasaba sus pestes delirando. Es que ya había descubierto la fiebre como amiga y propulsora de su nave.
No le gustó enfermarse, se sentía abandonado. Aunque hace años ya había dejado de admirar a G. Samsa, ahora sólo tenía recuerdos y cariño para él, volvió a sentirse así como tachuela negrusca sin movilidad, sin más achuelas a kilómetros.
Tuvo una seria sensación de amor por aquella última persona que hubo cuidado de él. No supo diferenciar ruidos nocturnos esa noche, no iba a poder equilibrar tampoco ese amor contra el horror de sentirse tan humano y menos insecto.
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